Un paseo por el Viejo Puerto (Nimes-Marsella)
From VÃa Augusta 2006 (De Málaca a Roma) in Marseille, France on Aug 10 '06
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Hoy me he vuelto a acordar de tÃ. Al ver los muelles repletos de barcos de Marsella he creÃdo verte por los espigones con alguno de tus compañeros del barco bajando por la pasarela camino de algún bar de los barrios junto al puerto. Es curioso. Nunca me hablaste de Marsella, pero seguro que alguna vez tus pasos resonaron por estas calles que hoy hemos pisado en nuestro camino hacia Roma. Marsella. El Vieux Port; El Viejo Puerto. Bueno, abuelo. Ya sabes que yo siempre me acuerdo de tÃ. Todos los dÃas. No hay ni uno sólo que no me acuerde de tÃ. Por eso sigues vivo. Porque siempre que veo el mar, me acuerdo de tÃ.
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Según nuestro cuaderno de ruta, ya hemos recorrido 1.361 kilómetros desde que salimos de El Ejido. En estos momentos estamos en un lugar llamado Marignane, a escasos kilómetros de la ciudad de Marsella. Estamos en la manga de uno de esos Etangs, las albuferas kilométricas que salpican la costa del Mediterráneo francés. Seguro que esto fue, en su dÃa, un lugar precioso, pero hoy es una playa de guijarros deprimente y sucia llena de conchas rotas y algún que otro pez muerto. Las olas rompen livianamente en la orilla con reflejos verdes y el olor es profundo y desagradable. Aún asÃ, se ven algunos windsurfistas que vuelan a pocos kilómetros y las casas de veraneo proliferan. Allá a lo lejos, las chimeneas de algunas fábricas nos dan la clave para entender el lamentable estado del Etang de Berre.
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-Esta playa está muerta -dice el Pisco. -No hay nada más triste que una playa muerta.
Hoy, sin embargo, ha sido un dÃa interesante. Un dÃa de contrastes. La impoluta y coqueta Nimes; la caótica y horrible Marsella. Los campos de la Provenza; los barrios marginales de la segunda ciudad de Francia. Camisetas del Olympic; gladiadores, muletillas de Ponce, templos y anfiteatros... ¿Quién da más? El viaje está resultando tan apasionante como pensábamos desde un principio.
Amaneció pronto en Nimes. El camping amanece tranquilo. Apenas los graznidos de algunas grajas y el murmullo lejano de una carretera. Desayunamos sentados en el portabultos del C3 y antes de las 10 de la mañana ya estamos paseando por las calles del centro histórico de Nimes. Aparcar; una odisea. Según parece, está prohibido estacionar el coche en la gran mayorÃa de las calles de la ciudad. Al vernos perdidos, un señor que conduce un camión de limpieza grita:
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- ¿Españoles?
- SÃ.
El señor aparca el camión y se acerca a la esquina de la calle. Lee un cartelico:
- Podeis aparcar tranquilos. Aquà se puede.
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- Muchas gracias
- De nada. Adiós. Disfrutad de la ciudad que es muy bonita.
Pues sà que lo es. A estas horas de la mañana, la ciudad está aún aletargada. caminamos por las calles estrechas del centro y sólo se ven algunos paisanos que caminan deprisa con largas baguettes bajo el brazo. Una estampa tÃpicamente francesa. Callejeamos hasta que nos topamos con la primera sorpresa. Un templo de época imperial prácticamente intacto. Impresionante. Aún esta cerrado y decidimos acercarnos a la Oficina de Turismo para pedir información. El camión de limpieza vuelve a cruzarse en nuestro camino.
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- ¿Qué tal os va?, nos dice.
- Muy bien. vamos a ver si nos pasamos por la oficina de Turismo...
- Es quà arriba. No dejeis de ir al acueducto y a la Torre Magna. ¿De dónde sois?
- De Canarias, pero hemos salido desde AlmerÃa...
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- Ah... AlmerÃa. la semana que viene empieza la Feria.
- Pues sÃ. ¿Eres hijo de españoles?
- No, es que me gustan mucho los toros. Yo fui parte de la cuadrilla de José Ponce y conozco muy bien España. Me llamo Jean MarÃ.
Pues Jean Marà nos llevó a la oficina de Turismo y nos recomendó algunos sitios para visitar. Muy majo, la verdad. Y después dicen que los franceses son unos auténticos demonios. Los tópicos son las estupideces más grandes que existen. Hoy, Jean MarÃ, vuelve a constatar que buena gente y mala gente hay en todos los sitios. Pues gracias al banderillero de Ponce tenemos nuestros flamantes planos de la ciudad y empezamos nuestro paseo. Ana pronostica que antes de que finalice el dÃa volveremos a cruzarnos con Jean MarÃ. No lo volvimos a ver.
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Los caminos que trepan a lo alto de los parques de La Fontaine pican hacia arriba de manera considerable. Aún es temprano, pero el esfuerzo es considerable. La Torre Magna domina desde una colina, toda la ciudad. Es una de las torres que remataba la antigua muralla romana. Según leemos, se construyó en plena pax romana y su grandiosidad (medÃa más de 30 metros) responden más a la necesidad de demostrar la gloria de Roma que a la defensa de la antigua Nemousus. Es una torre de planta octogonal quue ha perdido su cuerpo superior. Aún asÃ, es imponente. Subimos a lo más alto y podemos disfrutar de vistas impresionantes sobre toda la ciudad.
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La torre se levantó en el siglo I de nuestra era y dominó la ciudad hasta bien entrada la Edad Moderna. Cuando su utilidad militar fue decayendo, el abandono motivó los primeros estragos que se hicieron ya inevitables por obra y gracia de las predicciones de Nostradamus. Según podemos leer, una de sus imprecisas predicciones se interpretó como una indicación a la existencia de un gran tesoro bajo los cimientos del edificio. Un vecino de Nimes convenció al rey de Francia para buscarlo y excavó junto a los muros de la Torre magna que sufrió daños ya irreparables. Una pena. Un milenio y medio después, la Torre Magna vio caer su cuerpo superior y mutilar gran parte de su estructura externa. Nos hacemos una foto en lo que, hoy, es la cima del edificio. Una pareja de japoneses nos acompaña. Fotos de rigor.
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Bajamos por los jardines de la Fontaine. Hoy, el naciente del dios galo Nemous (divinidad del agua que dio nombre a la ciudad) es hoy una fuente de diseño barroco muy al estilo de los jardines franceses. Aires versallescos para volver al casco histórico de Nimes. Callejeamos hacia el Sur en busca del Anfiteatro. Desde la calle, la doble fila de arcadas es impresionante. ¡Cómo serán, entonces, los muros del Coliseo en Roma! Cola de un par de minutos y entramos en la plaza de toros de Nimes; un edificio que lleva albergando espectáculos públicos desde el siglo I de nuestra era. La visita es espectacular. El edificio está en un estado de conservación magnÃfico y el trabajo que ha hecho la oficina de Turismo de la ciudad para que salgas de allà satisfecho es de lo mejor que he visto en mi vida. Simplemente genial. Merece la pena: "Eres un habitante del Imperio romano y vas a asistir a un dÃa de juegos. Muchos son los que han venido desde las ciudades y poblaciones vecinas para ver el espectáculo. Lo primero que se encuentran los espectadores cuando acceden al anfiteatro es la arena que se cambiaba varias veces al dÃa para absorver la sangre y el hedor de las vÃsceras de las vÃctimas". Asà empieza la visita.
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Venationes por la mañana (luchas entre animales y entre personas y animales); ejecuciones al mediodÃa y luchas de gladiadores por la tarde. Hoy muchos mitos sobre las luchas de gladiadores quedan desterrados. Sólo una vezse entonó el famoso ave César los que van a morir te saludan; el 90% de las luchas de gladiadores terminaban sin muertos; lo del pulgar arriba y abajo es una chorrada made in holliwood que ha hecho fortuna... Hoy, después de salir del anfiteatro de Nimes, sabemos algo más sobre aquel espectáculo macabro y brutal. Pero hay que reconocer que no tanto como imaginábamos antes de venir aquÃ. 24.000 almas disfrutaban de los espectáculos en las gradas del anfiteatro.
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También nos enteramos que la primera referencia a luchas entre guerreros se encuentra en la Iliada. Los funerales de Patroclo incluyen una lucha ritual entre Ajax y Menelao para honrar al primo de Aquiles (imposible de verificar una vez en casa acudiendo a la propia Iliada). Los romanos convirtieron este ritual religioso en uno de los primeros espectáculos de masas de la Historia.
Comemos en un pequeños restaurante turco del barrio histórico. El calor aprieta y callejeamos por Nimes antes de seguir nuestro camino. Antes de salir de la ciudad nos damos un paseo por la catedral. Exterior románico intereseante e interior barroco decepcionante. Pese a esta última impresión, abandonamos Nimes con sabor dulce en la boca. Nos ha gustado muchÃsimo esta primera incursión en tierras francesas. Es hora de volver a la senda de la Augusta y seguir camino adelante hacia nuestro destino final. Las torres de la catedral de Arlés quedan a nuestra izquierda mientras volamos hacia Marsella. Campos verdes y puerblecitos encantradores se suceden sin parar. Pasamos el Ródano. Otra muesca más para tener en cuenta cuando algún dÃa hablemos de nuestros viajes.
Con la tarde ya avanzada llegamos a Marignane. Marsella está tras las montañas blancas que quedan a nuestras espaldas. Tras varias vueltas vemos una señal de tráfico que anuncia la presencia de un camping. Plage du Jay. La carretera avanza a un costado del Aeropuerto Internacional de Marsella (impresionante el Comet que hay junto a un hangar medio destartalado) y llega a una playa de aspecto triste. Allà está el camping. No es gran cosa, pero en algún sitio habrá que dormir. Asà que sacamos los bártulos y nos disponemos a montar nuestra flamante Altus de fabricación nacional que es la envidia de los usuarios de las quechuas gabachas que pueblan el camping.
Visto el desangelado panorama que ofrece el Etang de Berre, nos decidimos por dar un paseo por Marsella antes de dormir. La autopista se interna entre montañas de caliza y, de pronto, aparecen los barrios periféricos de la segunda ciudad de Francia. Bloques grises de un feismo impresionante se suceden entre los bosques de pinos que pueblan los alrededores de la urbe. las entradas a la ciudad son tan feas como sus barrios marginales y hasta que no te encuentras cerca del Vieux Port (Viejo Puerto), se puede decir que Marsella se caracteriza por ser una de las ciudades más feas del mundo. Caos. Para colmo esto es un caos. Tardamos casi una hora en recorrer la avenida de la Canebiere y de pronto se nos aparece la bahÃa perfecta del puerto marsellés.
Paseamos por el puerto mientras el sol cae. Los edificios modernistas se apelotonan en primera lÃnea de costa ocultando, con un muro de colores pastel, la fealdad mayúscula de la ciudad de Marsella. Caras magrebÃes nos recuerdan que esta ciudad fue la antigua puerta de la Francia colonial. Hoy, los inmigrantes han hecho de esta ciudad una segunda Argel; animada y multicultural. Estamos en una cuiudad eminentemente cosmopolita y eso se nota.
Cae el sol. Las parejas llenan las terrazas y restaurantes del puerto. Nosotros volvemos a la Plage du Jay para comer algo y dormir. Salimos de Marsella por la carretera que bordea las nuevas instalaciones portuarias. El sol ya no es más que una franja roja en el horizonte.
Buenas noches
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